Todo comienza con la narración de un sueño de una gran potencia visual. Así es como el protagonista de la historia recuerda que ha olvidado. Sólo es capaz de traer a su mente una imagen: la de él y dos compañeros más, sumergidos en el agua, levantándose después y, ahí ya, se pierden de nuevo los recuerdos. Los recuerdos del día de la “masacre”. A partir de entonces, el protagonista sentirá la necesidad de saber qué ocurrió, de conocer la verdad, de aber porqué ha borrado aquellos momentos referentes a la matanza de refugiados palestinos.
La película narrada en forma de documental se centra en la reconstrucción de la masacre ocurrida en en Sabra y Chatila (Líbano) hace más de veinte años, cuando unos soldados asesinaron a la población civil, a hombres, mujeres y niños, a personas inocentes. El protagonista va entrevistándose con diversas personas que tuvieron relación con la guerra, que vivieron ese suplicio con él para lograr recordar.
Es un acierto que Ari Folman, director de la cinta, decidiera presentarla en forma de animación. Esto le da libertad para recrear secuencias oníricas y las alucionaciones de los personajes, siempre con una belleza visual impresionante. Le acompaña una banda sonora acorde a lo mostrado, con lo que la película gana en credibilidad. Hay varias escenas muy poéticas, como la que da nombre al film. Se trata de un soldado disparando su MAG, como si danzara, ante la fotografía de Bashir Gemayel (primer ministro libanés asesinado en 1982) mientras suena, como no, un vals.
Sin duda, por el tema tan crudo que retrata y la forma de abordarlo, Vals con Bashir se ha convertido en una gran película que todo cinéfilo debería ver.
Querido psicópata americano, a usted le debo mis últimas creaciones. Hace dos años dejé la escritura porque mis musas murieron. El señor Ellis, con sus personajes escabrosos, y el señor Bale, por su personificación, fueron los últimos en inspirarme en un relato que quedó inconcluso. Hoy lo he encontrado y lo comparto aquí con todo aquel que llegue hasta esta página.


***


Cuando desperté por la mañana, Darla ya no yacía a mi lado. En su lugar, había un reguero de sangre que salía del cuarto y se perdía tras la puerta. ¡Me dolía tanto la cabeza! Y no lograba recordar nada de lo ocurrido el día anterior.

Me levanté y seguí la marca que la sangre dejaba por la moqueta verde. Terminaba en la cocina, concretamente, en el congelador. Lo abrí y allí estaba Darla: su cabeza con la boca abierta y una cerilla, sin encender, clavada en el lugar donde un día hubo una lengua. No sé por qué, pero no me horroricé con esa imagen; es como si ya la hubiese visto antes. Me limité a sacarla del refrigerador y a contemplarla. Me parecía bella… La belleza no reside en la perfección de las formas, más bien en la forma en sí, incluso cuando ha perdido su vitalidad y es bella por lo que queda, bella por ser una creación humana o natural. Por una sensualidad dividida entre lo gore y lo excitante…

Me la llevé al salón y se senté en el sillón de plástico rojo. Saqué del cajón de la mesilla un paquete de tabaco y encendí un rubio con una cerilla. Me quedé contemplando cómo se extinguía la llama; cómo perdía ese tono anaranjado hasta casi quemarme los dedos. La solté. Cayó sobre la moqueta verde. La pisé para que no ardiera. Luego, volví a prender otra y la coloqué en la boca de Darla. Aspiré una larga y honda bocanada de humo que me supo a victoria. Y me quedé pensativo. Sentí el humo que bajaba lentamente a mis pulmones.

Hace unos días Darla me comentó que se sentía prisionera de su vida. Cada mañana, acudía a su trabajo por pura rutina. No le gustaba. Yo la contemplaba en silencio mientras ella me contaba lo absurda que resultaba su existencia. Me decía que sentía unas ganas locas de libertad, de volar hacía donde le quisieran llevar sus alas. Pero le era imposible. No tenía estudios y su día a día se basaba en ir a trabajar de fregona a unos grandes almacenes por un sueldo ínfimo. Su vivienda se encontraba en pésimas condiciones, apenas le llegaba el dinero para pagar el alquiler. Aunque mi trabajo era también pésimo, yo no sabía sentirme desdichado. Porque tenía otro quehacer en la vida, otra misión que cumplir: la de salvador.

Ayer la invité a pasar de nuevo la noche en mi casa. No soportaba la idea de verla sufrir. Al principio, se negó. Me dijo que la cárcel de su ser no le permitía venir. Al oír esas palabras, mi corazón se estremeció y no dudé en responderle: “Si crees que tu alma está encerrada en tu cuerpo, tú déjame obrar, que yo la liberaré”.

La ceniza del cigarro cayó en mi torso desnudo. Me evadí de mis absortos pensamientos. Instintivamente, dejé caer la cabeza de Darla y me limpié el pecho. Me quemé un poco, justo debajo del pezón. Sentí algo de dolor que sirvió para purificar mi alma, para asegurarme de la acción tónica del fuego. Recogí la cabeza de Darla por su cabello moreno y sedoso. La cerilla se había apagado antes de caer. Miré la expresión de su rostro. No denotaba pavor ni siquiera se diría que había sido arrancada violentamente del resto de su cuerpo. Sus ojos miraban como buscando la libertad de la que tanto habló Darla en vida. Quizá supo en los últimos instantes que yo se la estaba dando. Su boca, ahora abierta y sin lengua, aún invitaba a besarla.

Apagué el cigarro en el cenicero. Con mis manos acaricié el rostro de mi querida Darla. Apenas era una niña de dieciocho años…

Harvie Krumpet no es como Milk, no viene a reclutarte. No al menos en el sentido literal de la palabra. Sólo intentará reclutar tu corazón en menos de media hora. Posiblemente lo consiga.


Hace apenas unos años, este corto australiano maravillaba a los críticos hollywoodienses. Se alzó con el óscar a mejor corto de animación. La historia cuenta la vida de Krumpet, desde su nacimiento en la ruda Polonia amenazada por el nazismo, hasta su vejez, en un asilo de Australia. El personaje es un inmigrante que, instantáneamente, por todas sus rarezas y defectos, cala en el público. Esto es harto difícil si tenemos en cuenta que se trata de una animación en stopmotion, con plastilina, lo que conlleva unos personajes bastante feos visualmente.

Ahora bien, una historia narrada sobriamente por Geoffrey Rush (en su versión original), que condensa de forma magistral en tan sólo 22 minutos la vida de una persona, bien merece un visionado.  Reza el epílogo de la película: “Some are born great, some achieve greatness, some have greatness thrust upon them …..and then there are others”. ¿Por qué no contar la historia de alguien encuadrado en el último grupo? Es, sencillamente, una pequeña gran obra hasta en su planteamiento.

La capital de Escocia, Edimburgo, es conocida por ser una ciudad turística muy importante a nivel mundial gracias, entre otras cosas, a la belleza de sus paisajes o al festival de eventos en vivo más grande del mundo, lo que conlleva la afluencia de unos trece millones de turistas al año. Se trata, por tanto, de una zona de interés cultural. Todo este encanto, en cambio, iba a verse turbado por la descripción de la “otra Edimburgo” en un relato vívido, duro y realista de la juventud de los 90: Trainspotting.
Corría el año 1993 cuando un joven Irvine Welsh publicaba su novela Trainspotting. El libro cuenta la historia de cinco jóvenes adictos a la heroína, desencantados de la vida por diferentes motivos, que buscan en la droga la evasión de la deprimente realidad que les rodea, y su día a día por el puerto de Edimburgo, Leith. Rápidamente se convirtió en un boom social pues usaba un estilo literario directo y sin tapujos, fiel reflejo de la sociedad que quería representar, a la vez que criticaba el orden socio-político implantado. Tres años después, Danny Boyle adaptó la novela al cine con gran acierto. Tanto el libro como la película son obras de culto en la sociedad contemporánea.

Los personajes de Trainspotting

El éxito de Trainspotting radica en el lenguaje empleado. Es un lenguaje coloquial, rozando y traspasando el límite de lo vulgar pues Welsh se pone en el pellejo de sus personajes para describir una realidad sin dudar en usar vocablos de la calle tales como palabrotas o expresiones burdas. Así, tenemos a Renton, Sick-Boy, Begbie, Spud y Mickey hablando en primera persona según el capítulo que corresponda. Gracias a la ágil pluma de Welch, no necesitamos que nos diga quién tiene la voz en cada capítulo ya que las muletillas de los personajes ayudan a reconocerlos. Cada uno tiene un lenguaje propio: Spud el dubitativo, Begbie el mal hablado, Sick-Boy el presumido… Con esto se logra una fácil conexión con el lector. Además, el libro se nutre de descripciones detalladas que aún aumentan el realismo patente.
La película es bastante fiel a la novela si bien omite algunos pasajes porque es
imposible adaptar letra a letra un libro. Sin duda, el libro es más completo y necesario para entender la realidad social escocesa porque los detalles están mejor definidos y perfilados. El significado del título del libro, “Trainspotting”, es una palabra empleada en Escocia para nombrar a aquellas
personas que se dedican a mirar pasar los trenes. O, citando textualmente la novela de Irvine Welsh: “es la forma más futil de pasar un tiempo con el que no se sabe qué hacer”. Justo lo que le pasa a sus personajes, perdidos en una sociedad que no les acepta y que ellos mismos rechazan.

Una playa un sábado noche, unos buenos amigos, un poco de alcohol y un concierto al aire libre son, en principio, todas las cosas que unos jóvenes pueden necesitar para divertirse.

Second

Second

La discoteca Camelot, situada en Gran Playa (Santa Pola), ofreció el pasado sábado 11 de julio la segunda edición del festival Aftersun que contó con la presencia de los murcianos Second. Aunque para mí y mis amigos se trataba de otra noche más, bebiendo y riendo en la playa, acabó convirtiéndose en todo un subidón de adrenalina gracias a Second.

No los conocíamos de nada, pero no dudamos en lanzarnos a taradear sus letras con ese estilo fresco e “indie” que les caracteriza. Son un grupo potente, que en directo ganan, ya que piden la interacción de su público. En Santa Pola, como ya hicieran anteriormente en otros conciertos, invitan a los asistentes a subir al escenario para compartir la última canción con ellos. Sin duda, un buen gesto para ganarse al respetable.

La organización del evento cifra en alrededor de 6.000 personas los asistentes al acto. Pero, realmente, los que disfrutaron del concierto, apenas llegarían a los 2.000. Porque, ante todo, no hay que olvidar que fue un evento gratuito en la playa y, mucha gente, iba sólo a beber y no a escucharlos.

Maus. Relato de un superviviente, de Art Spiegelman


Historias reales sobre el holocausto las hay a montones. Por eso, el hecho de encontrar una historia más contada de manera peculiar le agrega un plus de valor, de encanto, a la obra en concreto. Maus, relato de un superviviente, se aleja de otras obras similares porque es una novela gráfica con rasgos distintivos: los protagonistas no son humanos sino animales. Art Spiegelman, autor de Maus, decidió que esta era la forma más correcta – y curiosa- de representar la historia. En ella, los judíos son dibujados como ratones, los polacos no judíos como cerdos, los americanos como perros y los nazis como gatos. Así es en la vida real; los ratones son perseguidos por los gatos y, éstos, a su vez, son perseguidos por los perros.

Maus es el relato real de lo que le sucedió durante el holocausto nazi a Vladek Spiegelman, el padre del autor, desde que conoce a su esposa hasta que los norteamericanos acaban con los últimos vestigios de la Alemania nazi. Durante una temporada, Art Spiegelman estuvo recopilando las narraciones de su padre para luego plasmarlas de forma magistral en su novela gráfica. Maus es, en resumen, la supervivencia de Vladek y su esposa Anja durante el asedio nazi, con las penurias, las separaciones de amigos y familiares, la muerte, el hambre que una guerra inútil conlleva.

También ejemplifica la difícil relación que tuvieron Vladek y su hijo Art. En la obra, cada dos por tres están discutiendo. Vladek ha forjado su existencia actual debido a todo lo que sufrió durante la guerra. Por eso, no quiere gastar más que el dinero preciso, no quiere malgastar comida: llega un punto en el cómic que pretende devolver una caja abierta de cereales porque su hijo no se la va a comer. A principio de los años cuarenta estaba acostumbrado a racionarse él mismo la comida para lograr subsistir. Vladek tuvo mucha suerte. Su ingenio y sus contactos le salvaron de una muerte segura. A él y a su mujer Anja. Porque llegó a ver Auschwitz pero no sucumbió en las cámaras de gas como tantos otros judíos.

Aunque Vladek logró sobrevivir, Anja no soportó los fantasmas del pasado y acabó suicidándose años después. Dejó unos diarios escritos sobre el genocidio nazi pero su marido, en un intento de borrar esa parte dolorosa de su pasado, los quemó, los asesinó. Lo que llevó al suicidio de Anja fue la pérdida de su pequeño Richieu. Vladek y ella tuvieron otro hijo antes que Art. El pequeño murió durante el holocausto. Ellos lo entregaron a una hermana de Anja para que sobreviva pero, cuando la hermana se ve en peligro, opta por envenenarse ella, sus hijos y Richieu. El recuerdo del niño es muy doloroso para sus padres. El nacimiento de Art fue como una manera de suplir esa falta. Art tuvo que vivir siempre con esos fantasmas. De hecho, la penúltima viñeta del cómic es muy conmovedora. En ella, Vladek termina de contarle la historia a Art y le dice: “ya está bien por hoy, Richieu, quiero dormir”.

El logro más importante de esta novela gráfica es que obtuvo el premio Pulitzer en 1992, por lo que se ha convertido en el único cómic ganador de dicho galardón.

Sin ninguna duda, Maus es una asombrosa obra, que despierta emociones y engancha al lector. Que los protagonistas sean animales acentúa la crítica social. El genocidio judío, la vida de las personas en un campo de concentración son temas recurrentes para emocionar al receptor. Sin embargo, en Maus la historia está bien construida e hilvanada. El contraste entre el Vladek del holocausto y el Vladek de los ochenta está correctamente retratado; cómo se ha forjado este hombre en la desgracia para llegar a ser quien es. Otro punto curioso es que es una “metahistoria”. En algunos pasajes de la novela se ve al propio autor contando cómo va a ser la novela o, incluso, entrevistado por periodistas a raíz del éxito del primer volumen.

Una novela altamente recomendable para conocer los horrores del genocidio judío desde una perspectiva diferente.

► Tumbling Down – Velvet Goldmine OST

Todo aquel que me conoce sabe que no me suelo fijar en la banda sonora de las películas que veo, por lo que me he perdido grandes canciones cinematográficas.  Sin embargo, hace poco más de un año pude disfrutar de la hipnótica Velvet Goldmine, una película que relata el ascenso y caída de un ídolo del glam-rock. Por tanto, hay cabida para las ambigüedades de  la  época, con esos personajes de apariencia misógina.

Rhys-Meyers como Brian Slade

Rhys-Meyers como Brian Slade

Se dice que es una biografía no oficial del camaleón David Bowie, encarnado por Rhys-Meyers, y de Iggy Pop, inmortalizado por Ewan McGregor.Sea como sea, lo que está claro es que este film de Todd Haynes hace las delicias de los amantes de la música setentera.

Incluso hay hueco para los geniales T-Rex en el repertorio. Brian Molko y su banda se encargan, en un pequeño papel, de dar forma al tema 20th Century Boy.

En las aburridas y largas tardes de la época de exámenes, T-Rex son casi los únicos que me ponen de buen humor.

No puedo escapar del vasto mar de hipocresía que me rodea, puesto que mi entono se empeña en cerrar los ojos mientras se ahoga…

Reconozco que no hago nada por evitarlo. Me niego a aprender a nadar; no quiero malgastar mis fuerzas. Desde mi pequeña barquita de amor, he alargado la mano para pescar una única verdad. Una única manera de ponerme un salvavidas para no ahogarme yo también. Y ese salvavidas nos hará llegar seguras a la orilla, lejos de los que pelean por no perder la vida en el fondo marítimo…

Asimismo, ver a esa gente bracear inútilmente, observar como sus cabezas se sumergen en el mar y salen desorientadas después; estar encima de la barquita, justo al lado de ellos me hace ser feliz. Porque sé que sus ojos no suplican piedad; porque sé que, en lo más hondo de su corazón, quieren hundirse en su falsedad; porque sé que lo único que desean es no ser salvados por mí. Prefieren morir…Dejar su alma aprisionada en el fondo para servir de alimento a los peces y, así, contaminar otra vida más: la marítima.

Y si ellos desechan mi ayuda, no me esforrzaré en prestársela de nuevo; esta vez no. Porque sé que pronto acabará todo el tiempo perdido en medio del inmenso mar, cual sirena varada.

El señor Stephen Glass escribía reportajes amenos, divertidos. Él anotaba apuntes de sus supuestas fuentes potenciales y las presentaba a la redacción. Decía que la grandeza del periodismo radicaba en descubrir el comportamiento de las personas; averiguaba sus motivaciones, sus miedos. Incluso, en un momento de la película El precio de la verdad afirma: “esta clase de artículos también pueden ganar premios Pulitzer”. Y si no, que se lo digan a Janet Cooke.
A estos “periodistas” (sí, entre comillas, porque no son más que un lastre para la profesión), la responsabilidad periodística y la lealtad al ciudadano les importaba bien poco. Por muy bueno que sea el reportaje, no se trata de ficción; el público demanda informaciones bien contruidas y contrastadas para que el medio gane en credibilidad y rigor informativo. Si no, estarás tomando a tu audiencia, y a tus jefes también, como idiotas.
Glass construyó un castillo de naipes con mentira tras mentira – al menos 27 de los 41 artículos que publicó cuando trabajaba para The New Republic eran inventados – hasta que un día un periodista de Forbes digital se puso a investigar a raíz del artículo de Glass Hack heaven. Y ese castillo se derrumbó por el bien del periodismo. Descubrió que los hechos y los personajes descritos habían nacido de la bien alimentada imaginación del señor Glass.
¿Cómo no se dieron cuenta los responsables de The New Republic de toda esta patraña? Sencillo, confiaban en la ética profesional y en la honradez periodística de su redactor. Confiaban en que sus notas estaban contrastadas. Aquí se plantea un dilema. Porque los jefes deben creer en sus periodistas, defenderlos; sin embargo, habría que buscar formas de darle un toque de veracidad a los escritos y demostrarlo al publicarlos. Para que no ocurran situaciones deleznables como esta. En la película se apela a las fotografías, para ponerle cara a la información. Sí, habría sido una solución.

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